Don José Gea, el obispo «torero»

“Yo de joven era torero”. Dicho así, en Antena 3 Televisión, en un programa de máxima audiencia, era para parar el enésimo debate sobre la Iglesia, o más bien el típico batiburrillo de voces siempre desnivelado en favor del disenso, y conducido, creo recordar, por la periodista Nieves Herrero. La sentencia frenó en seco el programa y se hizo un silencio. “¿Cómo dice, monseñor Gea? ¿Fue usted torero?”.

Para la televisión-espectáculo eso era un momentazo: un obispo que había sido torero. Don José Gea tomó la palabra, y confirmó que de “joven había sido torero… pero no fui practicante”.

Las caras de la presentadora y de los tertulianos del “régimen”, eran, claro, un verdadero poema. El obispo Gea, con un simple chascarrillo, arruinó la patochada de debate sobre la Iglesia. Y después de meterla doblada, y entre carcajadas, se oyó en el plató: “Hay que ir a publicidad”.

Ese fue el último debate televisivo, a nivel nacional, al que invitaron a Don José.

No interesaba mostrar a un obispo que desbordaba simpatía y descolocaba a la audiencia con sus ocurrencias, además de hablar como el típico cura de pueblo, sin elevaciones teológicas, muy entendible por la gente y, encima, sólido en su magisterio.

Si en Italia tuvieron al cardenal Ersilio Tonini, que con sus 90 años actuaba como un cualificado portavoz eclesial en la televisión, acudiendo allá dónde le reclamaban para dar su opinión sobre tal o cual asunto de actualidad… en España, esa figura podría haber sido el obispo Gea…

Pero como no pudo ser, una vez jubilado del obispado de Mondoñedo-El Ferrol llamó a su antiguo secretario, valenciano como él, y le preguntó: “Oye, ¿te puedo ayudar en algo?”. Y a sus 75 años cogió una maleta y se fue a Perú a ponerse a las órdenes del joven curita. Dice que nunca en su vida confesó tanto como en la parroquia inca. El récord lo estableció en 10 horas en un día. Lo normal era estar en el confesionario de tres a cuatro horas.

También daba catequesis a los niños, casaba a novios, orientaba espiritualmente, daba de comer a los necesitados, escribía libros… Todos los días se ponía a las órdenes de su antiguo secretario y le decía: “¿Hoy qué tengo que hacer?”. No hay mejor catequesis sobre la humildad.

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Creo que el ascensor del que hablaba santa Teresita del Niño Jesús, del que era tan devoto, le habrá subido al Cielo… y en la puerta celeste, con San Pedro como portero, le habrá dicho: “Pase usted, Don José, que con su simpatía y gran corazón hizo feliz a mucha gente”.

Publicado en Religión en Libertad