Toca pedir el poder sanador de Dios

Un niño rezando
Un niño implora a Dios

En estos días de coronavirus hemos experimentado que somos vulnerables. Y que la ciencia, los avances médicos y el progreso se tambalean por una gripe que pone en riesgo, en un plis plas, a toda la humanidad.

Que los médicos, científicos y políticos hagan su trabajo, y ojalá acierten, pero hay algo que los católicos podemos hacer con este bochinche del coronavirus… y es tener fe. “Si tuvierais la fe de un grano de mostaza –dice Jesús–, diríais al monte: `Desplázate de aquí allá´, y se desplazará, y nada os será imposible”. Fe, fe, fe… Fe en reclamarle al buen Dios que utilice su poder para derrotar al coronavirus.

Hubo una época en la que los católicos tenían una fe grande en el poder de Dios. No se agarraban a las seguridades humanas… ponían su vida en manos del Señor, nuestro Rey. Y sucedían milagros como el de Tumaco (Colombia). Era un 31 de enero de 1906 y en esa pequeña isla del Pacífico se sintió un fuerte terremoto que duró unos diez minutos. Entonces, todo el pueblo corrió a la iglesia para suplicar al párroco, el padre Gerardo Larrondo, y a su coadjutor, el padre Julián, que organizaran inmediatamente una procesión con el Santísimo Sacramento.

Se acercaba un tsunami gigante que amenazaba con arrasar toda la isla. El padre Gerardo, tembloroso, consumió todas las Hostias consagradas del Sagrario y conservó sólo la Hostia Magna. Bajó todo el pueblo a la playa con el padre Larrondo delante, portando la custodia con el Santísimo, y cuando la ola estaba llegando, alzó con mano firme y con fe la Hostia consagrada, y ante todos trazó el signo de la cruz, ordenando a la naturaleza que se sometiera a la voluntad del hombre. Y se produjo el milagro.

Esto del coronavirus es como un tsunami, o mucho peor. Por eso debemos reclamar a Dios que actúe. Que muestre su poder. Esa es la mejor contribución que podemos hacer los católicos a la sociedad. Pero para ello necesitamos que el Espíritu Santo nos dé el don de la fe. De una fe grande como la del grano de mostaza. Y que esa fe la tengan los sacerdotes y pastores para implantar unas horas de Adoración Eucarística que derrote el virus, o para salir con el Santísimo por los barrios para sanar a los enfermos con su poder. ¿Es una locura? Sí, como la del padre Gerardo en Tumaco. Pero es el único patrimonio que tenemos. El más preciado. De ahí viene todo lo demás. Si no creemos que Dios tiene el poder para vencer una gripe, ¿qué tipo de creencia tenemos?

Toca pedir, con mucha fe, que el poder sanador de Dios derrote al coronavirus.

Álex Rosal

Publicado originalmente en Religión en Libertad

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