Un suceso no apto para racionalistas e ilustrados

Un hecho extraordinario sacudió en el año 700 a un pequeño pueblo llamado Lanciano, enclavado en la costa del Mar Adriático, en lo que hoy es Italia. De ser un pueblo “vulgar”, uno más entre tantos, sin destacar por casi nada ni llamar la atención al común de los mortales, Lanciano se convirtió de la mañana a la noche en un centro de peregrinación fabuloso. Miles de personas acudían a la localidad para comprobar con sus propios ojos lo que las conversaciones informales y comidillas de patio de vecinos confirmaban como algo cierto e inaudito. Había incluso ansiedad por certificar la veracidad de tal hecho, “un milagro majestuoso, algo grande”, decían algunos.

¿De qué se trataba? Ni más ni menos que del primer y más grande milagro eucarístico que se ha producido hasta la fecha. Este es el relato de los hechos: una mañana del año 700 un monje de la orden de San Basilio celebraba la misa en la iglesia del monasterio acompañado por un centenar de fieles. El sacerdote en cuestión, según relata la crónica de la época, llevaba varios meses dudando de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Era un pensamiento que le atormentaba de tal manera que poco a poco iba menguando su fervor espiritual y su vocación religiosa. Esa mañana no era distinta a muchas otras anteriores. Tras pronunciar las palabras de la consagración; otra vez las dudas de siempre:“¿Está realmente Jesús en la Eucaristía?”.

En ese momento se hizo un silencio y el sacerdote comenzó a llorar de forma incontrolada. Durante varios minutos los lloros y los sollozos del presbítero eran lo único que se escuchaba en el templo. Los fieles permanecían expectantes y atónitos, quietos y callados, como respetando la desazón del celebrante. Pasado un buen rato el sacerdote, todavía compungido, se dirigió a la asamblea: ” ¡Oh, afortunados testigos a quién el Santísimo Dios, para destruir mi falta de fe ha querido revelárseles Él mismo en este Bendito Sacramento y hacerse visible ante nuestros ojos. Vengan hermanos y maravíllense ante nuestro Dios tan cerca de nosotros. Contemplen la Carne y la Sangre de nuestro amado Cristo!”.

Los fieles se acercaron al altar y lo que vieron fue algo sorprendente y único: la Hostia consagrada se había convertido en un trozo de carne, y el vino en sangre. La carne se mantuvo intacta pero la sangre se dividió en el cáliz conformándose cinco partículas de diferentes tamaños y formas. Los monjes del lugar decidieron entonces colocar la Hostia y las cinco partículas en un relicario de marfil, conservándose razonablemente bien hasta hoy.

La primera investigación “académica” se produjo en 1574. Un grupo de sabios de la época decidieron pesar esas cinco bolitas de sangre coagulada y se encontraron con sorpresa de que pesaban lo mismo cada una de las partículas a pesar del diferente tamaño de cada una. Así, una bolita pesaba lo mismo que dos y dos bolitas pesaban exactamente igual que tres; y tres tenían el mismo peso de cinco bolitas. Los sabios no pudieron encontrar ninguna explicación “razonable”.

En 1970 se constituyó una comisión científica compuesta por los doctores Linoli y Bertelli, profesores de Anatomía Humana de la Universidad de Siena. Tras meses de investigaciones, con análisis realizados sobre fragmentos de la Carne y la Sangre del milagro, documentados con fotografías del microscopio y otros estudios de gran rigor científico, los doctores llegaron a una conclusión definitiva: “Sin temor a contradicción podemos afirmar el origen humano de la carne y la sangre del milagro eucarístico de Lanciano”.

El informe final ratificaba con contundencia que la Carne es verdadera carne, y que la Sangre es verdadera sangre. Que ambas pertenecen a la especie humana y tienen el mismo grupo sanguíneo (AB), por otra parte coincidente con el que figura en la Sábana Santa y en el Sudario de Oviedo. Que la Carne está constituida por el tejido muscular del corazón, estando presentes, en secciones, el miocardio, el endocardio, el nervio vago y, por el gran espesor del miocardio, el ventrículo cardiaco izquierdo. Asimismo, no aparece rastro alguno de las sustancias químicas utilizadas para la conservación de cadáveres. ¿Cómo se han podido conservar durante doce siglos la Carne y la Sangre de Lanciano expuesta al acción de agentes atmosféricos, ambientales y biológicos tan extremos, sin una adecuada protección?

La Comisión Médica de la Organización Mundial de la Salud calificó en 1976 este suceso como “un caso único en la Historia de la Medicina”. Un hecho no apto para racionalistas e ilustrados. Una nueva historia ocultada sin que la ciencia pueda dar una explicación razonable. Un suceso extraordinario que interpela la mente del ser humano para ir más allá de lo tangible, y poder entrar el mundo del Misterio.

Publicado en la revista Chesterton