La oración inédita de Mercedes Salisachs

Mercedes Salisachs tuvo la mala suerte de nacer en España, un país adorable en muchos sentidos, pero cainita y sectario en cuanto aparece el talento y no se escribe según los dictados de lo políticamente correcto.

Si Mercedes hubiera nacido en Estados Unidos, Francia, Italia o Inglaterra, estaría considerada como un patrimonio nacional, con premios, galardones y reconocimientos por doquier… muchas de sus plazas y calles llevarían su nombre, y sus novelas serían de lectura obligatoria en el bachillerato. Sin duda, tendría su sillón en la academia correspondiente.

Pero nació en nuestra querida Iberia, lo que le ha obligado a sortear todos los inconvenientes posibles y, unos cuantos más.

Que una mujer escribiera hace 50 años no estaba muy bien visto, y si encima era de buena cuna, mucho peor. Su entorno social le llamaba peyorativamente «la literata», como indicando que su afición a escribir era un capricho de juventud destinado a desaparecer. Y los profesionales de la escritura le atizaban sin piedad: “Esa intrusa pretende quitarnos el pan”.

Pero Mercedes empezó a cosechar premios literarios. El Ciudad de Barcelona, el Planeta, con su famosa novela La Gangrena, el Ateneo de Sevilla… ya era una escritora consagrada y no tanto por estos reconocimientos, sino por la gran familia de lectores que iba sumando novela tras novela, el verdadero pilar en la carrera literaria de un escritor.

Y apareció, claro, estamos en celtiberia, la envidia más cainita y el sectarismo más feroz. De alguna manera, ambos Goliats hicieron una alianza para intentar derribar a una Mercedes Salisachs en la cumbre de su éxito literario y social.

La República de las Letras dominada por un progresismo rancio y, muchas veces bolchevique, determinó que Salisachs «no era una de las nuestras», y a partir de ese momento el espíritu chequista, muy presente hoy en día en la cultureta nacional, cubrió la persona y la obra de Mercedes para silenciarla y arrinconarla lo más posible.

Su hijo José María Juancadella comentaba hace pocos días en ABC un suceso muy revelador: “Durante el gobierno de Zapatero una personalidad de las letras iberoamericanas fue invitada por el Instituto Cervantes de Nueva York a dar una conferencia. El conferenciante propuso que la misma versara sobre la obra de Mercedes Salisachs. Consultado el Ministerio de Cultura en Madrid, la respuesta fue contundente: `De esta señora no queremos saber nada; es de derechas y además muy religiosa´”.

Algún chequista de nuestra cultura ha llegado a decir por lo bajín: «Hombre, si está mujer se callará», como concediendo una puerta de salida para cambiar ese ostracismo. Pero Mercedes no tenía complejos ni miedos, y no se callaba. No tenía reparos en decir que era conservadora y católica, o lo que es lo mismo, políticamente incorrecta, ajena al pensamiento único, y combativa con la dictadura del relativismo; demasiado para un chequista de las letras.

Si a eso le añadimos que como catalana de pro, con más apellidos genuinos de los que puedan mostrar Carod-Rovira, Puigcercos, Mas o el mismo Pujol, siguió la estela de Josep Pla al declarar su aversión pública por el nacionalismo, considerándolo que era más un problema que una solución para nuestra querida “patria pequeña”, hay que concluir que era de libro que Mercedes no iba a recibir nunca la Gran Creu de Sant Jordi, el mayor reconocimiento que concede a Generalitat de Catalunya a los catalanes que destacan por su servicio a la comunidad.

Todos esos desplantes le dolían a Mercedes, pero era una mujer de fe. La muerte de su hijo Miguel en 1962 cambió su vida. Decía que hasta entonces su religiosidad era “un cumplir descafeinado y le pedí a Dios que me ayudara a ser como mi hijo Miguel”.

A Mercedes le he escuchado muchas veces que a partir de ese momento su objetivo en la vida era que su “hijo se convirtiera en su maestro“. Él era religioso, de comunión diaria, y Mercedes dejó atrás lo que hasta ese momento era su vida para comenzar una completamente nueva… y comenzó su aventura espiritual que duró hasta su muerte.

Estaba en el mundo, sí, pero su vida transcurría en otro ámbito, que es el de la fe. La última vez que la vi en Madrid, tras la presentación de la novela El Cuadro, su último éxito editorial que tuve la suerte de publicar en LibrosLibres, dejó caer, como de pasada, las emociones internas que recibía del Cielo… No dijo más. El plumilla que uno lleva dentro quiso profundizar, pero no era el momento adecuado y ahí se perdió un gran testimonio y reportaje periodístico.

Sin embargo, en 1994 sí me hizo un regalo que he guardado hasta ahora como oro en paño. Había aterrizado en Planeta para fundar una colección religiosa, Planeta+Testimonio, que todavía hoy sigue viva. Mercedes era una consagrada de las letras y yo un pipiolo que intentaba demostrar al viejo Lara que era posible publicar libros católicos que tuvieran gran difusión, y rentabilidad económica -en eso Lara era inflexible-, sin necesidad de tirar piedras contra la Iglesia.

Le pedí a Mercedes que escribiera sobre la mansedumbre en un libro colectivo que llevaba por título Las Bienaventuranzas, y ella, con su ternura y amabilidad habitual, accedió con entusiasmo. A partir de ahí pude tratarla y descubrir su grandeza personal.

¿El regalo? Una oración escrita por Mercedes. Creo que es completamente inédita. No la he visto publicada nunca y por eso la considero como un obsequio muy especial. Se titula Padre Inmanente. Es Mercedes Salisachs en estado puro… es decir, en su vivencia espiritual.

Padre Inmanente
Padre nuestro, que estás en nosotros,
concédenos sabiduría para santificar tu nombre como es debido: con amor, afán de justicia y desprendimiento.

Venga a nosotros tu reino:
de la fe, la paz y la esperanza,
para alcanzar algún día el reino de la vida eterna.

Somos deficientes, Señor, Tú no lo ignoras:
ciegos para el bien,
sordos para tus llamadas
y mudos para la oración.

Pero, ¿qué padre rechaza a su hijo enajenado?
No te enojes por nuestra soberbia;
Tú eres omnipotente, coviértela en humildad,
para comprender que no es posible comprenderlo todo,
por muy sabios que nos creamos.

Y aliméntanos, Señor.
Danos el pan de cada día para saciar el hambre de la tierra. Pero aumenta nuestra sed de Ti: abrásanos en esa sed, para suplicarte que nos tiendas un poco de tu agua viva y evitar que hurguemos desesperados en los pozos que se secan, que envenenan y destruyen.

Luego, perdona nuestras innumerables deudas,
nuestros olvidos egoístas,
nuestras excusas infantiles para huir de Ti,
para tergiversar tus mandatos
y acoplarlos a nuestra conveniencia temporal.

También nosotros perdonaremos a nuestros deudores:
bastará recordar a María perdonando a Pedro,
para ser benévolos con los que nos ofenden.

Y no nos dejes caer en la tentación de considerarnos justos.

Mas líbranos del mal,
de esos males solapados de nuestro tiempo:
la prisa, la impaciencia,
la irreflexión, la inquietud,
la frivolidad, la indiferencia, Señor.

Danos la vergüenza de avergonzarnos por cosas tan importantes. Y avergüénzanos por confundir el amor al prójimo con la buena educación.

Publicado en Religión en Libertad